El de José Antonio Rodríguez Vega, conocido inicialmente como "el violador de la moto" y tristemente célebre mas adelante por haber sido el asesino de dieciséis ancianas, es el típico caso del asesino serial que lleva una doble vida y que, oculto tras su apariencia agradable y modales correctos, esconde una personalidad siniestra y brutal. De hecho, su condición de asesino le ha valido ser recordado como uno de los mayores serial killer de la historia criminal española.
José Antonio era un joven guapo, de buenos modales y una gran capacidad para la seducción. De nariz aguileña, boca prominente y mirada fulminante, todos, además, destacaban que era una buena persona. Vivía en Santander, trabajaba de albañil y hacía una vida aparentemente normal. Pero varios trastornos lo oprimían. Sobre todo uno en particular: la tortuosa relación que tenía con su madre, motivo psicológico en el cual podrían encontrarse las explicaciones para sus actuaciones posteriores.
Rodríguez Vega odiaba a su madre. Víctima de un complejo narcisista, el hombre se sentía vilmente traicionado por la persona que lo dio a luz, ya que jamás le pudo perdonar que lo hubiera echado de su casa, tras haber agredido a su padre enfermo. De hecho, una vez en prisión, le confesó a la periodista Lucía Guirado que no se sentía atraído especialmente por las ancianas, pero que su accionar "ha sido una venganza hacia mi familia. Ha sido una venganza contra mi madre. Al no matarla a ella pues, mira... Está el amor y el odio hacia la maternidad, y lo respetas... ¿Cómo vas a matar a tu madre, qué es la que te ha traído al mundo?"
Pero, antes de llegar a convertirse en el terror de las mujeres de edad avanzada, poseía -como tantos otros asesinos seriales- un historial de violador psicópata que lo había llevado a prisión. Era, ni más ni menos, que "el violador de la moto". Un hombre que abordaba mujeres en su vehículo y las vejaba sexualmente.
Con ese modus operandi, logró atribuirse un importante número de víctimas sexuales aún no cuantificadas. Cuando fue atrapado, valiéndose de su carisma y poder de persuasión, logró conseguir el perdón de todas las mujeres a las que había violado menos de una, que no le creyó y no depuso su actitud. Así fue como su pena original de 27 años se conmutó por una de solamente 8 años. Incluso muchas de las personas a las que había atacado, terminaron afirmado que Rodríguez Vega era una persona bellísima. Y él se jactaba de que le habían vuelto a abrir las puertas de sus hogares una vez fuera.
Una vez libre, se casaría con una disminuida psíquica. Pero también intensificaría su conducta criminal.
José Antonio, respondería al clásico estereotipo de asesino en serie que comienza por una violación y, después de pasar un tiempo en el infierno carcelario, decide acabar con sus próximas víctimas para evitar que le reconozcan y así esquivar los durísimos días de reclusión.
Entre abril de 1987 y el mismo mes de 1988, tan solo un año, contabilizó la violación y asesinato de dieciséis ancianas. Dieciséis mujeres que le abrieron las puertas y que jamás pensaron que ese muchacho bien parecido y simpático podía llegar a hacerles daño.
Dieciséis mujeres que perecieron bajo las garras de una persona que aparentaba ser una cosa, pero que en verdad era un ser frío, calculador y repleto de crueldad.
El "mataviejas", como sería conocido posteriormente, siempre empleaba el mismo modus operandi. El que le valdría un año en la más absoluta impunidad y que le sirvió para realizar sus crímenes con total tranquilidad. Entraba a la casa de las mujeres para realizar trabajos de albañilería o alegando ser un reparador. Todas lo dejaban entrar sin problemas, ya que no despertaba sospechas ni mucho menos. Luego las violaba (aunque él aclaró posteriormente que había tenido relaciones sexuales consentidas con todas las mujeres a las que había asesinado) y las asfixiaba hasta acabar con ellas.
Los informes forenses dictaminaron que todas las mujeres habían muerto por un paro cardiorrespiratorio. Sí, estaban en lo cierto, de eso no hay dudas. Pero en lo que se equivocaban era en que, casualmente, todas las muertes habían sido inducidas y tenían muchos puntos en común, a pesar de que jamás fueron relacionadas entre sí. Pero ¿Por qué se decidió no investigar el fallecimiento, teóricamente por causas naturales, de personas que habían sido encontradas con sus bragas bajadas, sus órganos genitales sangrando y, hasta incluso, la dentadura postiza incrustada en sus gargantas?. De todos modos, el "mataviejas" cometió varios errores, aunque fueron muy pocos.
Y es que se caracterizaba por su pulcritud a la hora de asesinar. A la hora de acabar con sus víctimas no dejaba huellas, no había sangre y la escena del crimen era de lo más normal, lo que despistaba a los investigadores y lo que le permitió permanecer un año asesinando impunemente.
Pero poco a poco fueron apareciendo algunos indicios que lo señalarían como el criminal más sorprendente de España.
En la casa en la que falleció Margarita González (de 82 años de edad), los investigadores se percataron de algunos signos de violencia que se alejaban de la clara situación de una muerte en circunstancias naturales. También a Rodríguez Vega se le pasó por alto la sangre que quedó en el cadáver de Natividad Robledo (de 66 años), escena en la que también la policía logró identificar indicios de una muerte violenta. En otro de los hogares, se pudo hallar una tarjeta que contenía los datos de contacto del "mataviejas". En todas las casas se habían efectuado arreglos de albañilería recientes. El asesino estaba cercado.
Así fue como se logró dar con el paradero de este infatigable criminal. No era una oleada de muerte súbita que se había posado sobre Santander y que atacaba misteriosamente a mujeres de más de 60 años de edad. No. Era un psicópata sin remordimientos ni remedio, que encontraba su satisfacción descargando su instinto sanguinario en esas mujeres que se parecían tanto a su madre y a su suegra, esas personas a las que tanto rencor guardaba pero que nunca se animó a aniquilar.
El 19 de mayo de 1988, José Antonio Rodríguez Vega era detenido y confesaba ante la benemérita los crímenes que había cometido. Pero aun quedaba mucho por descubrir sobre su personalidad. Cuando la policía registró su apartamento, se topó con una habitación decorada en rojo que revelaba su secreto: una especie de "tienda del horror" donde se encontraban "souvenirs" de todas las víctimas que había cosechado. Televisores, joyas, anillos, porcelanas y hasta flores de plástico que pertenecían a las ancianas que había asesinado se encontraban en el cuarto, a modo de fetiche, de recordatorio de sus andanzas.
Finalmente, a pesar de que en juicio negó todos los crímenes que cometió y alegó que las muertes se habían producido por causas naturales, la justicia le imputó una condena de 440 años de prisión, pena de la que tenía que cumplir efectivamente tan solo 30 años.
Durante el juicio se mostró como una persona con un ego gigantesco, ávido de protagonismo, que miraba fijamente a las cámaras y quería que todos conocieran su rostro, haciendo gala de su cinismo y sin mostrar el más mínimo remordimiento.
Para los psiquiatras no fue nada fácil determinar si estaban ante una bestia despiadada que tenía plena conciencia de sus actos o si se trataba de una persona no imputable, con sus facultades mentales alteradas. Pero el informe fue concluyente: José Antonio Rodríguez Vega era totalmente imputable y sus características coincidían con la frialdad clásica que poseen los psicópatas.
En ningún momento exhibió remordimiento y no se le movió un pelo cuando le recordaron los crímenes que había cometido. Incluso parecía orgulloso de ello.
Después de desfilar por diversas prisiones (incluso compartió el sector de máxima peligrosidad con otro célebre asesino en serie como Manuel Delgado Villegas, "el arropiero", con el que entabló una macabra disputa), a José Antonio Rodríguez Vega, el "mataviejas", le llegó su final. Estaba seguro que al cumplir su condena saldría a la calle y volvería a hacer de las suyas. Incluso se permitía el lujo de amenazar a periodistas diciendo que iría a por ellos una vez fuera. Pero todos sabemos que dentro del mundo carcelario los violadores no son muy apreciados.
Así es que el 24 de octubre de 2002, otros tres reclusos de la unidad salamanquesa de Tropas le pusieron punto y final a la vida de Rodríguez Vega. Provistos de un calcetín con piedras dentro y dos armas cortantes de fabricación artesanal, esos presos con los que compartía el patio de aislamiento le propinaron más de un centenar de puñaladas, ante la mirada del guardia, que decidió no inmiscuirse ante la amenaza de los participantes. A su entierro, un día después de muerto, no asistió nadie. Solamente los sepultureros fueron testigos del último adiós a uno de los mayores asesinos en serie español de todos los tiempos.
Por Carlos Cabezas López
Fuente: Caso Abierto (http://www.casoabierto.com)
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